sábado, 22 de diciembre de 2007

La decepción de Bali


Ignacio Walker
La decepción de Bali
 
 

De poco sirvió el discurso pronunciado por Al Gore en Oslo, Noruega, al momento de recibir el Premio Nobel de la Paz. Una semana después de tan magnífica presentación, la reunión de Bali sobre calentamiento global, que reunió a 187 países, básicamente concluyó que había que seguir conversando sobre el tema en los próximos dos años (el Protocolo de Kioto vence en 2012).

 

La verdad es que ésta sí es una carrera contra el tiempo. Como el propio Al Gore se encargara de decirlo, el mismo día en que pronunciaba su discurso 70 millones de toneladas de contaminación con efecto sobre el calentamiento global eran lanzadas a la atmósfera. Un artículo reciente en el New York Times nos recuerda que, mientras en 1899, cuando recién se dispuso de las primeras mediciones, se emitían unas 500 toneladas métricas de emisiones de dióxido de carbono, en 1959 éstas ya alcanzaban a 2.500 millones de toneladas métricas. Sólo en el período comprendido entre 1999 y 2004 dichas emisiones aumentaron de 6.800 millones a casi 8.000 millones de toneladas métricas por año. Se calcula que, en los 31 años que van de 2005 a 2036, podrían alcanzar a 270.000 millones de toneladas métricas lanzadas a la atmósfera.

 

Nada de esto, sin embargo, pareciera preocupar mayormente a la comunidad internacional y, muy especialmente, a las grandes potencias industriales. Ya no se trata sólo de los países desarrollados, como Estados Unidos, sino también de los en desarrollo. Es así como, en la actualidad, el 75% de dichas concentraciones provienen de la acción de los países más industrializados —a propósito, Europa y Rusia "colaboran" con un 39% del total—, mientras que un 24% corresponde a la acción de las naciones en desarrollo. Lo importante es destacar que esta tendencia está cambiando sostenidamente y en los próximos 32 años se calcula que el 52% del total de las emisiones provendrá de los países más industrializados, y un 48% de las naciones en desarrollo (China e India encabezan esta lista). Este dato sólo confirma que el tema nos concierne a todos, sin perjuicio de la especial responsabilidad de los que más contaminan.

 

Mientras hablamos y escribimos, los hielos se derriten en Groenlandia, a la vez que se calcula que, en 22 años más, la capa de hielo que cubre el polo norte puede que haya desaparecido en tiempos de verano. Todo se hace más difícil si consideramos que el CO2 es invisible y no tiene olor ni sabor. No se ven ni se sienten sus efectos perniciosos, pero ahí están. "Hay que actuar", y hacerlo rápidamente, fue el llamado de Gore frente a esta "emergencia planetaria" que se parece a una fiebre, y una fiebre en ascenso.

 

Qué merecido el Premio Nobel para él y para el grupo de científicos que, al amparo de Naciones Unidas, han sabido llamar la atención de la opinión pública mundial sobre los efectos nocivos y el sentido de urgencia en torno al calentamiento global de la Tierra. Qué decepcionante, y qué frustrante, en contraste, resulta la reacción de la comunidad internacional organizada. No se trata de una campaña del terror ni de una exageración: los hechos han sido suficientemente documentados y, a estas alturas, éste es un tema de visión y de voluntad política, la misma de la que carecen las grandes potencias industriales (en las que incluimos, en forma creciente, a las naciones en desarrollo que contribuyen a la emisión de dióxido de carbono).

 

Los 250 años de industrialización que han transcurrido en nuestra historia más moderna pueden exhibir una serie de avances y de logros importantes, sin perjuicio de que sus frutos han sido mal distribuidos. El reverso de la moneda, sin embargo, está dado por una contaminación que requiere de una nueva conciencia global y de acciones concretas en el corto plazo para evitar una catástrofe. El punto de partida —no de llegada— está dado por el calentamiento global de la Tierra.

Saludos
Rodrigo González Fernández
DIPLOMADO EN RSE DE LA ONU
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